miércoles, 7 de septiembre de 2011

Arteterapia y la lectura biopolitica del TDAH

Rubén Vega Balbás Bioidentidad y medicalización: una lectura biopolítica del Tdah

Arteterapia

- Papeles de arteterapia y educación artística para la inclusión social Vol. 2 (2007):

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Bioidentidad y medicalización:

Una lectura biopolítica del Tdah*

Rubén Vega Balbás

vejabalban@accionesimaginarias.com

Recibido: 15 marzo de 2007

Aceptado: 9 abril de 2007

RESUMEN

Con la intención de buscar un nuevo enfoque para las prácticas arte-educativas y arteterapéuticas,

a partir del concepto de medicina social, el presente artículo pretende una lectura

de la medicalización como estrategia del biopoder y un análisis del Trastorno por Dé

ficit de

Atención con o sin Hiperactividad como metáfora de la salud y ejemplo de construcción de

bioidentidades.

Palabras clave:

Medicalización, biopolítica, bioidentidad, arteterapia, educación artística,

hiperactividad.

SUMARIO

1. Reflexionar las prácticas 2. Medicina social, atención individualizada. 3. La

medicalización de los normales. 4. Bioidentidades (en construcción). 5. Arte: de terapia a

resistencia. 6. Bibliografía.

Bioidentity and medicalization: an insight

into ADHD from biopolitics

ABSTRACT

Looking for a new focus to think art education and art therapy practices from, assuming

social medicine concept, this article pretends to read medicalization as biopower´s strategy

and to analyze Attention De

ficit Hyperactivity Disorder as health´s metaphor and as an example

of bioidentities construction.

Key words

: Medicalization, biopolitics, bioidentity, art therapy, art-education, ADHD.

REFLEXIONAR LAS PRÁCTICAS

Después de trabajar entre 2002 y 2004 con niño/as diagnosticados TDAH, y más

concretamente después del taller de «Poética Escénica» que sirvió como trabajo de

campo para obtener mi suficiencia investigadora en el programa de doctorado

Creatividad Aplicada, llegué, entre otras, a una conclusión sobre la que he necesitado

continuar reflexionando, una conclusión que hoy quisiera desarrollar y replantear

desde un enfoque biopolítico para tratar de contribuir

desde afuera a la fundamentación

epistemológica del arte-terapia y la educación artística. El taller

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mencionado se desarrolló en colaboración con una asociación de afectados por el

trastorno de déficit de atención e hiperactividad (TDAH), y los participantes eran

todos niños entre 6 y 11 años diagnosticados y en tratamiento. Una de las conclusiones

de la investigación fue que nuestra actividad artístico-educativa por un lado

quedaba al margen del tratamiento prescrito —de triple naturaleza: clínico, psicológico

y educativo— y que, por otro, entraba en conflicto con dicho tratamiento.

La pregunta es por qué nuestro taller tal y como se concibe no puede integrarse

como parte constituyente del tratamiento habitualmente recomendado. La razón principal

está ya en los fundamentos teóricos que sustentan uno y otro camino, siendo incompatibles

entre sí una concepción positivista y una interpretación dinámica, un

planteamiento científico cuantitativo y otro cualitativo, y —en último término— una

posición de poder socialmente instaurada y una posición crítica como la nuestra. La

diferencia arranca de una concepción de la propia naturaleza del ser humano irreconciliable.

[...] Creemos que la propia concepción de "el hombre" y "la salud" están al

servicio del mantenimiento del orden establecido en vez de ser el orden social el que

esté al servicio del hombre (Vega Balbás 2004: 70).

Una lectura como esta, desde marco conceptual del humanismo, presupone la

existencia de una

humanidad como esencia, de una esencia de lo humano. El

problema viene a ser definir en qué consiste esa esencia, que se mantendría constante

en todos los contextos culturales, sin partir de concepciones surgidas de la

historia, ya que cualquier intento de definir la condición inmutable del ser humano

sería una formulación teórica, de orden lingüístico, enmarcada en la tradición

occidental de las ciencias del hombre. Por otra parte, esta apología ontológica

está vinculada a la libertad, cuestión fundamental del humanismo, desde su concepción

individualista: la libertad es de orden individual y se fundamenta en esa

esencia inmutable de la que cada ser humano es portador. En tercer lugar, la ontología

humanista pretende superar la jerarquía cartesiana razón-cuerpo sin conseguir

superar el dualismo metodológico herencia tanto platónica como cristiana.

Y, por último, la aceptación de la existencia de una naturaleza esencial de lo

humano sustenta con frecuencia un criterio judicial de orden ético-moral que diferencia

entre lo que nos mantiene cerca de nuestra esencia y lo que nos aleja. Es

desde este tipo de pensamiento desde donde se condena o ensalza en ocasiones el

desarrollo tecnológico, la manipulación del medio, el dominio de la naturaleza y

la transformación de la vida, incluso de la vida del hombre. De esta concepción

del ser humano también brota una concepción no sólo de lo que es correcto y

equivocado (bueno y malo) sino de lo que es saludable —lo que nos mantiene en

los marcos de nuestra propia naturaleza— y de lo que es patológico —lo que nos

aleja. Desde este planteamiento teórico humanista se organizó un modelo de intervención

artístico-educativo que pretendía fomentar la autonomía y la expresión

a través de la concietización del cuerpo, que pretendía el desarrollo de los niños

participantes como seres humanos, libres por naturaleza. Este fundamento deducía

que si la educación artística era capaz de fomentar la experiencia corporal del

sí-mismo y del otro, y de desarrollar las capacidades expresivas simbólicas, los

niños participantes podrían construir una identidad auto-realizada así como una

comprensión solidaria del otro y una conciencia crítica del entorno.

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Ahora me parece muy evidente la ingenuidad de este planteamiento, que en su momento

se justificaba desde una voluntad cívica comprometida con la participación

transformadora del arte-educador en las problemáticas sociales. Me parece necesario,

por lo tanto, buscar otro enfoque que permita, al revisar críticamente las propias prácticas,

crear una fundamentación menos ingenua desde la que orientar nuevas experiencias

en el ámbito del arte aplicado a la educación y la terapia. Es esto lo que vamos

a intentar desde una perspectiva biopolítica, con la que vamos a pretender dar

cuenta de cómo los mecanismos del poder —ese poder reticular y posmoderno que

tiene como objeto la normalización de la vida biológica— se aplican en el ámbito de

la salud, la educación y la familia desde la pediatría, la neurología y la psicología en

el caso concreto del TDAH. El primer cambio de enfoque sería dejar de pensar en la

naturaleza del ser humano como esencia estable y preexistente, para pensar en el sujeto

como

momento1. Por otra parte, proponemos sustituir el interés en la libertad

como horizonte utópico de liberación del individuo para centrar el debate en torno a

las libertades y derechos ciudadanos, de orden comunitario. En tercer lugar, vamos a

precisar del dualismo occidental para observar cómo las tecnologías del biopoder

buscan el disciplinamiento de los cuerpos (individual, social y simbólico) a través de

la manipulación de la vida biológica. Por último, el objetivo ahora, de forma contraria

al paradigma crítico inicial, no es justificar un modelo alternativo, sino tratar de

entender el imperante, sin la necesidad de cuestionarlo ética ni moralmente, desde

una actitud escéptica en cierto modo irónica y distante: si no podemos cambiar el

mundo, por lo menos, tratemos de entenderlo.

MEDICINA SOCIAL, ATENCIÓN INDIVIDUALIZADA

Hoy en día se escucha que con una incidencia mínima del 3 por ciento, la población

infantil en edad escolar afectada por TDAH se puede elevar hasta un 5, un

7 y hasta un 12 por ciento en función de cada país. Como me explicaba Teresa Moras,

presidente de la Asociación de Niños con Síndrome de Hiperactividad y Déficit

de Atención de Madrid (ANSHDA), en una de las entrevistas durante la investigación,

el tratamiento para cada uno de los niños —que se basa en distintas

combinaciones de intervención cognitivo-conductual, refuerzo psicopedagógico y

medicación— es totalmente individualizado. En un reciente libro publicado con

testimonios de madres pertenecientes a esta asociación de afectados

2, la psicóloga

clínica Trinidad Bonet escribe en su presentación: «cada niño, aunque se le ponga

___________________

1

momento. (Del lat. momentum). 7. m. Fís. cantidad de movimiento ~ de inercia. 1. m. Mec. Suma

de los productos que resultan de multiplicar la masa de cada elemento de un cuerpo por el cuadrado

de su distancia a un eje de rotación. ~ de una fuerza. 1. m. Mec. Magnitud resultante del producto

del valor de una fuerza por su distancia a un punto de referencia.

DICCIONARIO DE LA LENGUA

ESPAÑOLA - Vigésima segunda edición.

2

No es de extrañar que el libro fuera financiado por la multinacional Eli Lilly and Company (Indianapolis,

USA) —que estaba en esas fechas a punto de lanzar en España un nuevo compuesto para

el tratamiento del TDAH, la atomoxetina, un no-estimulante comercializado con el nombre de

Strattera—

ya que es normal, sobre todo en EUA, que asociaciones de afectados reciban donaciones de las

grandes farmacéuticas; es el caso de la

Children and Adults with Attention-Deficit/Hyperactivity Disorder

(CHADD).

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la misma etiqueta, es único y, como tal, de esa forma me enfrento a él, como único

y como por primera vez»

(ANSHDA 2005: 13). Pero como nos advierte Foucault,

la medicina moderna no es una medicina individual a pesar de estar mercantilizada

en una economía capitalista, sino por el contrario,

la medicina moderna es una medicina social que tiene por background una cierta

tecnología del cuerpo social; que la medicina es una práctica social que solamente

en uno de sus aspectos es individualista y valoriza las relaciones médicopaciente.

[...] Mi hipótesis es que con el capitalismo no se dio el pasaje de una medicina

colectiva para una medicina privada, sino justamente lo contrario; que el capitalismo,

desarrollándose a finales del siglo XVIII e inicio del siglo XIX, socializó el

cuerpo en cuanto fuerza de producción, fuerza de trabajo. El control de la sociedad

sobre los individuos no se opera simplemente por la consciencia o por la ideología,

sino que comienza en el cuerpo, con el cuerpo. Fue en lo biológico, en lo somático,

en lo corporal donde, antes que todo, invirtió la sociedad capitalista. El cuerpo es

una realidad bio-política. La medicina es una estrategia bio-política (Foucault

2007)

3.

Es precisamente en esta conferencia titulada

El nacimiento de la medicina social,

impartida en octubre de 1974 para Instituto de Medicina Social de la Universidad

Estatal de Rio de Janerio, cuando Foucault introduce el concepto de

bio-política,

que después desarrollará —ya sin guión— en el quinto capítulo de

La volonté de

savoir

, publicado en 1976, y en la lección del 17 de marzo del curso del mismo año

en el Collège de France, publicado en 1997 como "

Il faut défendre la société"4. Y

digo precisamente porque nuestro interés es interpretar la "naturaleza metafórica"

del TDAH en términos biopolíticos y esta lectura debe plantearse, desde una comprensión

de la práctica médica moderna como tecnología del biopoder no a un nivel

individual sino colectivo.

En

El nacimiento de la medicina social, Foucault realiza un análisis histórico de

cómo la medicina occidental evolucionó hasta hacerse cargo del cuerpo y de su

salud como fuerza de trabajo, como fuerza de producción, a un nivel de

(pre)ocupación no sobre el cuerpo individualizado sino sobre el cuerpo social. Incluso

la medicina científica, que hoy monopoliza en Occidente la legitimación del

poder médico, nace y se desarrolla en un marco en el que la salud de la población

ya era preocupación político-económica para las naciones europeas desde final del

siglo XVI, y que se estatalizó primera y totalmente —junto al desarrollo de la ciencia

del Estado— en la Alemania de finales del siglo XVIII.

Con la organización de un saber médico estatal, la normalización de la profesión

médica, la subordinación de los médicos a una administración central y, finalmente, la

integración de varios médicos en una organización médica estatal, se tiene una serie

de fenómenos enteramente nuevos lo que puede ser llamada de la medicina de Estado.

[...] Lo que se encuentra antes de la medicina clínica, del sigo XIX, es una medicina

estatalizada al máximo (Foucault 2007).

___________________

3

Cito y traduzco de la edición portuguesa ya que, hasta la fecha, no he conseguido acceder a la

edición en español: (FOUCAULT 2000: 363-84).

4

Habría que añadir el desarrollo del tema en los cursos 1977-78, Securité, Territoire, Population

(publicado en 2004), 1978-79,

Naissance de la biopolitique (también publicado en 2004), y 1979-80

Du gouvernement des vivants.

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La segunda dirección que siguió la medicina en su proceso de socialización fue el

desarrollo de una medicina urbana en la Francia del XVIII, y más concretamente en

la

Ville de Paris. Con la acumulación de grandes poblaciones en los núcleos urbanos,

el poder se vio necesitado de nuevas estrategias y nuevos mecanismos para

garantizar el control, una vez más, tanto a nivel político —para controlar el peligro

de insurgencia social que antaño viniera del campo— como a nivel económico —

para controlar el cada vez más importante escenario que suponía la ciudad como

mercado y centro de producción. La importancia de esta medicina social urbana

estriba, según Foucault, en que, al ponerse en contacto con ciencias hasta entonces

extra-médicas, como la química y las ciencias naturales, contribuye a insertar la

medicina en el funcionamiento general del saber científico. Por otra parte, fue esta

medicina urbana la que desarrolla nociones como salubridad e higiene pública,

conceptos que serán principales para la medicina científica posterior y que focalizan

la atención sobre el control de las cosas y los espacios. El tercer estadio en la

socialización de la medicina moderna es para Foucault una medicina desarrollada

en Inglaterra a partir de la industrialización del siglo XIX que visa controlar el

cuerpo y la salud de los pobres —para tornarlos menos peligrosos para la salud de

las clases más ricas— y de los trabajadores —para optimizar su rendimiento. Esta

medicina, cuya organización sigue vigente,

permitió la realización de tres sistemas médicos superpuestos y coexistentes; una

medicina asistencial destinada a los más pobres, una medicina administrativa encargada

de problemas generales como la vacunación, las epidemias, etc., y una medicina

privada que beneficiaba a quien tenía medios para pagarla (Foucault 2007).

La teorización de la biopolítica responde a la necesidad de Foucault de superar las

limitaciones de los conceptos de soberanía y de disciplina para dar cuenta del funcionamiento

del poder sobre las grandes poblaciones de la ciudad obrera a partir

del siglo XVIII.

Por lo tanto, tras un primer ejercicio del poder sobre el cuerpo que se produce en el

modo de la individualización, tenemos un segundo ejercicio que no es individualizador

sino masificador, por decirlo así, que no se dirige al hombre/cuerpo sino al hombre/

especie: luego de la

anatomopolítica del cuerpo humano, introducida durante el

siglo XVIII, vemos aparecer, a finales de éste, algo que no es una

anatomopolítica sino

lo que yo llamaría una

biopolítica de la especie humana (Foucault 2006).

La medicina moderna está atravesada por este doble funcionamiento normativo,

disciplinando a nivel individual el hombre/cuerpo para la regularización colectiva

del hombre/especie: el objetivo es garantizar un equilibrio global y una optimización

del potencial de vida.

LA MEDICALIZACIÓN DE LOS

NORMALES

La enfermedad ha dejado de ser el malestar privado del cuerpo individual para

concebirse como la morbilidad pública del cuerpo social. Pero, ¿cómo podríamos

continuar con el análisis foucaultiano del proceso de socialización de la medicina

para explicarnos sus implicaciones en el desarrollo del biopoder a partir de mediados

del siglo XX?

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Pretendiendo afrontar este interrogante, planteamos la hipótesis de que la medicina

moderna, en su extensión como práctica social, después de ocuparse del control de

la salud del Estado, de la ciudad y de los trabajadores, en paralelo a la transnacionalización

de cada vez más factores de la economía y de a política, ha pasado a

ocuparse del control de la salud de la especie. La medicina ha dejado de intervenir

sobre la enfermedad para hacerlo sobre la salud en sí misma o, dicho de otro modo,

la salud se ha convertido en un estado

masivo únicamente alcanzable a través de

una medicalización constante y de baja intensidad; la enfermedad, cada vez más (y

la muerte, por supuesto) se va convirtiendo en algo invisible, privado, individual.

Todos somos pacientes del sistema sanitario, todos necesitamos de ser intervenidos

en las distintas facetas de nuestra vida; es el biopoder quien nos normaliza biológicamente

en la salud. ¿Qué porcentaje de la población occidental contemporánea no

consume con cierta regularidad analgésicos, antigripales, antibióticos, antipiréticos,

antiinflamatorios, antihistamínicos...? Esta extensión del alcance social de la medicina

moderna tiene por objeto no sólo el cuerpo biológico en su funcionamiento,

sino en su forma externa (medicina estética), y también la estructura psíquica con

la popularización de la psicoterapia y del uso de psicofármacos. La capacidad disciplinaria

del biopoder hace que todos interioricemos con responsabilidad nuestra

propia normalización y nos convirtamos de forma creciente en nuestros propios

administradores de salud y ésta, cada vez más, está al alcance de cualquier bolsillo

en la farmacia. Si el psiquiátrico era la institución del poder soberano y el hospital

la institución del poder disciplinario, la farmacia es la institución del biopoder. Por

su parte, si Foucault habla con sentido metafórico de dos enfermedades para describir

los modelos de organización médica del poder soberano —la lepra— y del

poder disciplinario —la peste—, el biopoder del siglo XX necesita explicar su funcionamiento

a partir de la metaforización de la salud.

La enfermedad se utilizó como una metáfora politizada en una etapa muy temprana

de la modernidad, mientras que la salud seguía teniendo hasta fechas recientes un

significado directo y claro. Esto se debía principalmente a que la salud ha sido en la

modernidad, y en realidad en toda la sociedad, la norma indiscutible e indiscutida que

no necesitaba aclaración metafórica alguna. [...] Además, la ciencia era la mentora de

la modernidad que prometía inicialmente nada menos que la eliminación de la Enfermedad

con mayúscula, de todos los fallos reales y potenciales de la máquina trabajadora.

Por estas y otras razones, la modernidad no sólo se interpretó a sí misma desde

el punto de vista de la salud, sino que tachó además a la enfermedad de "subversiva".

Quien necesitaba legitimarse a sí misma metafóricamente era la enfermedad, no la salud

(Heller and Féhér 1995: 72).

Incluso para la medicina científica, el TDAH no es una enfermedad, sino un trastorno,

un

disorder, en inglés, es decir un des-orden. La palabra se refiere a la cuestión principal

del poder disciplinario y del biopoder: determinar qué es orden, qué des-orden, qué

es normal, qué a-normal. La medicina ha conseguido extender su fuerza normalizante

más allá del ámbito de la enfermedad sobre el de la salud. El fenómeno

epidémico del

TDAH (Cabral Lima 2006) es significativo de esta medicalización extensiva, que pasa

a hacerse cargo de un amplio sector de la población que sin estar enfermo muestra ciertas

conductas disruptivas o determinadas disfunciones —a partir de la capacidad del

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discurso científico de determinar ese límite frágil y movedizo a partir del que se entra

en el ámbito de lo

dis— o que simplemente quiere aumentar su rendimiento5. Esta es la

sofisticación de una antigua aspiración del poder, una conocida función demandada a

la psiquiatría desde el poder soberano: excluir la disidencia como locura. Ahora el biopoder

actúa con métodos no mejores moralmente sino menos rudimentarios y más eficaces:

ya no es necesario excluir al diferente, basta con aniquilar su diferencia, se trata

de la normalización inclusiva o, mejor aún, de una auto-normalización. Es por esto por

lo que proponemos, frente a la reflexión predominante en torno al cáncer y el SIDA, el

TDAH como metáfora de la nueva sofisticación del biopoder. La medicina moderna se

ha anclado tan fuertemente en la legitimación del saber científico que ya no tiene ni

que demostrar invariablemente sus hipótesis para construir realidades normativas capaces

de atravesar los flujos transnacionales. De hecho, en el caso del TDAH se sigue sin

poder hacer un diagnóstico inequívoco a partir del origen neurológico del trastorno. No

obstante, el discurso científico ha conseguido democratizarse injertándose en el lenguaje

cotidiano, generalizando

urbi et orbi el trastorno lato sensu como una disfunción

cerebral mínima

de origen genético causada por una escasa concentración neocortical

de un neurotransmisor, la dopamina. Es precisamente de esta concepción etiológica del

TDAH de la que se justifica el uso de psicofármacos como eje central de un tratamiento

que se sabe sintomático, es decir, que no cura, sino que disminuye los síntomas.

Desde nuestro punto de vista, no se trata de negar la existencia del TDAH ni de cuestionar

su origen neuroquímico, lo que se pretende es un análisis del mismo desde este

punto de vista biopolítico poniéndolo en relación con otro factor que no es tenido en

cuenta normalmente ni siquiera desde las lecturas críticas que, principalmente, vienen

de la psicología analítica o del propio ámbito médico

6: la socialización de la medicina

como estrategia de poder.

A medida que la sociedad evoluciona, el poder sofistica sus mecanismos para garantizar

su eficacia; no obstante, el objetivo del poder sigue siendo hasta ahora el

mismo: el control político y económico. En un contexto social en avanzado estado

de globalización, el poder debe disponer de tecnologías que puedan alcanzar a los

cuerpos ya no individuales, ni siquiera de las grandes poblaciones, sino de todos

los habitantes del planeta, de la especie —o tal vez debamos pensar que la globalización

es un proceso que se consuma a medida que el poder va disponiendo de las

tecnologías necesarias para extenderse territorialmente. Si queremos modificar

conductas se puede hacer a través del condicionamiento psicoconductual, de orden

disciplinario, o de un modo más eficiente a través de la inducción de cambios en el

funcionamiento neuroquímico con la administración de fármacos, de orden biopolítico.

La medicación habitual en todos los países del occidente para el TDAH es el

___________________

5

Mientras escribo esto, leo en el periódico una investigación del Instituto Argentino de Atención

Farmacológica «Dos de cada diez consumidores de Viagra tienen menos de 20. Aunque no tengan

problemas de erección, aquí los jóvenes lo consumen para "mejorar la performance". Incluso para

enfrentar la primera vez» (Clarín. Viernes 23 de marzo de 2007. Pag. 34). Es de destacar que esta

práctica se está comprobando también en la juventud española; la "farmacología cosmética" se extiende

globalizando una comprensión tecno-simbiótica de la salud y de la identidad.

6

La más reciente bibliografía crítica consultada: (JANIN 2005), (UNTOIGLICH 2005). Pendiente

de revisión: (CABRAL LIMA 2005).

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metilfenidato, un psicoestimulante comercializado a nivel transnacional con los

nombres comerciales de, entre otros, Ritalin (Novartis: Basilea, Suiza), Rubifén

(Rubió: Barcelona, España) y Concerta (Janssen-Cilag, subsidiaria de Johnson &

Johnson: New Jersey, USA). El inmediato predecesor de esta sustancia, la methamphetamine,

fue utilizada por el III Reich para incrementar el rendimiento de

sus pilotos de combate. En la sociedad competitiva del mercado global, la expectativa

óptima de desempeño es muy alta, muchas veces mayor a las capacidades biológicas.

En una encuesta de un foro en internet para programadores, podemos leer:

Un colega de trabajo acostumbra a tomar Ritalina para aumentar su concentración

por períodos prolongados. Observando, percibo que el sujeto trabaja 8, 10 horas seguidas,

sin parar y sin cansarse (mentalmente), y produce MUCHO (y con calidad). A

pesar de eso, él no se "agita" como alguien que se tomó tres Red Bulls, muy por el

contrario, queda bastante calmo. Él viene utilizando este medicamento (ilegalmente,

pues precisa de receta) desde algunos meses. Aparentemente es utilizada por pacientes

que sufren hiperactividad y dificultades de concentración. En Google, investigué sobre

tal medicamento y leí que desde hace mucho tiempo es conocida por pianistas y otros

profesionales Leí el prospecto y aparentemente no es peligrosa. Pienso que los coders

por el mundo en breve van a convertirse en grandes consumidores de este tipo de medicamento,

¿qué creéis? Yo nunca utilicé estos medicamentos. Tomo mucho café...

pero el café sólo quita el sueño. Generalmente, cuando estoy cansado y con mucho café

en la cabeza, me quedo mirando al monitor, entrando en Google instintivamente sin

saber qué hacer. Parece que hay un canal fuera de sintonía en mi cabeza.

SHHHHHHHHHHHHH

7.

No se trata de que la estabilidad política o de que el rendimiento económico dependa

de la conducta de los niños impulsivos y/o desatentos, se trata del reflejo en un ámbito

concreto —el escolar, o si se quiere el familiar-escolar— de una estrategia de poder

que se manifiesta sobre todos los ámbitos de la vida. Tampoco es que el sistema económico

dependa de la venta de estos fármacos, aunque cada vez más la industria farmacéutica

va ocupando un lugar predominante junto a los otros dos rubros sobre los

que se sostiene la estructura macroeconómica, el energético y el armamentístico.

BIOIDENTIDADES (EN CONSTRUCCIÓN)

Esta reflexión sobre el TDAH nos obliga a replantear el concepto discursivo de la

identidad desde el que veníamos afrontado trabajos anteriores. Después de la II

Guerra Mundial y sobre todo a partir de la caída del Muro de Berlín, se ha venido

consolidando un escenario geopolítico planetario y un mercado global. En este contexto,

la construcción de la identidad —tanto la identidad política como la cultural—

se ve condicionada por el cruce de fuerzas globales y locales. El biopoder ha

extendido su ámbito de actuación a esta escala a través de la sofisticación de viejas

tecnologías y mediante la implementación de otras nuevas. La globalización del

poder se apoya en la existencia de instancias transnacionales de orden institucional,

como la Organización Mundial de la Salud, creada en 1948, o de orden privado,

___________________

7

En portugués el original. Trad. del autor. Publicado el 15 de abril de 2006. Último acceso:

26/03/2007. http://www.guj.com.br/posts/list/31161.java

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como las grandes multinacionales, resultantes de fusiones de corporaciones preexistentes

en la década del 90. No obstante, el gran avance lo supone la universalización

de la legitimidad del discurso científico, así como su cotidianización. En el

caso del TDAH vemos la importancia que ha tenido la más eficaz de las herramientas

del biopoder en su extensión planetaria: el DSM (

Diagnostic and Statistical

Manual of Mental Disorders

). O dicho de otro modo, y como vamos a tratar de

argumentar a continuación, la constitución del concepto, la

realidad consensuada

del TDAH nace de su tipificación en el DSM. Y en esta clasificación, mejor dicho,

en la historia de esta clasificación, queda evidenciada esa tendencia hacia la desindividualización

mediante la que el biopoder consigue extender su eficacia a nivel

planetario sobre el cuerpo de la especie a través de un nuevo procedimiento que

supera la eficacia disciplinaria, mediante la constitución de bioidentidades.

Publicado por la

American Psychiatric Association desde 1952, hoy el DSM se ha

convertido en la herramienta estándar para el diagnóstico psiquiátrico no sólo en

los Estados Unidos sino en todo Occidente de forma predominante y por encima

del ICD (

International Classification of Diseases) publicado por la Organización

Mundial de la Salud; y no sólo en una herramienta de diagnóstico, sino en un referente

cada vez más determinante —en función de cada país— para obras sociales,

medicinas privadas, e incluso organismos institucionales. Desde la primera clasificación

del trastorno en la tercera edición de 1980 hasta la más reciente revisión de

la cuarta edición, se ha producido una tendencia a englobar bajo un mismo trastorno

cuadros que previamente constituían desórdenes diferenciados. El trastorno ha

englobado un espectro cada vez más amplio de características conductuales entre

las que se encuentran desatención, hiperactividad, impulsividad y sus distintas

combinaciones. Existe un amplio e interesante debate crítico sobre el diagnóstico

basado en el DSM IV —realizado a partir de cuestionarios de observación conductual—,

pero para nuestros intereses basta comprobar cómo el efecto abarcativo del

trastorno se ve potenciado gracias a su tipificación o, dicho de otro modo, cómo el

TDAH se constituye como una realidad epidémica a partir del aumento exponencial

de diagnósticos basados en esta concepción del mismo. En paralelo a este aumento

exponencial de diagnósticos se han incrementando las ventas de fármacos o

incluso más aún, a partir del momento en el que el fármaco, valorado por su capacidad

de aumentar la productividad, empieza a ser popular socialmente.

El caso del TDAH es interesante también porque surge del solapamiento de dos

instituciones de naturaleza heterogénea, una de carácter disciplinario —la escuela—

y otra del orden biopolítico —la medicina moderna. La disciplina escolar

maximiza su eficacia delegando determinadas conductas al ámbito de la medicina,

la que dispone de la más sofisticada tecnología biopolítica, que no es el tratamiento

sino el diagnóstico. El diagnóstico TDAH dota de un componente irreversible a un

amplio espectro de conductas, y con la descripción del propio desorden como disfunción

neuroquímica de orden genético, la diferencia toma estatuto identitario.

Con más eficacia incide el diagnóstico en la construcción de bioidentidades —

determinadas por cuestiones somáticas— al hacerse sobre individuos en edad escolar.

Como muy bien sabían los niños que participaron en nuestro taller, todavía sin

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capacidad de posicionarse frente a ello, la hiperactividad no es algo que se tiene

(como el cáncer o como el SIDA), sino algo que se es.

ARTE: DE TERAPIA A RESISTENCIA

Insistamos en que no se trata de cuestionar si efectivamente existe un origen neurológico

para este cuadro de conductas, o si existe una disfunción neuroquímica que

determine ciertos comportamientos, tampoco de colocar el ejercicio del biopoder

éticamente del lado oscuro, tampoco de defenderlo como legítimo y necesario para

garantizar nuestro modo de vida, simplemente de crear un espacio para el análisis

del que sí, posteriormente, tratar de reorganizar el sentido de las prácticas educativas

relacionadas con el arte y la terapia. Desde este punto de vista, las prácticas

arte-educativas están a favor o en contra de la normalización biopolítica que ejerce

la medicalización desde el diagnóstico y el tratamiento: o se acepta la naturaleza

bioidentiaria del TDAH o no se acepta. El problema es quedarse en el medio, pretendiendo

al mismo tiempo jugar al juego y cambiar las normas. Retomando el

problema inicial,

«por qué nuestro taller tal y como se concibe no puede integrarse

como parte constituyente del tratamiento habitualmente recomendado»

(Vega Balbás

2004: 70), pensamos que no es por divergencias en la comprensión de la naturaleza

del ser humano. Más que discutir acerca de una esencia de lo humano, nos

resulta más interesente observar qué modelos de organización social se han derivado

de cada una de estas concepciones. En concreto, el liberalismo y la socialdemocracia

se han edificado sobre una concepción individualizante y autonomista de la

que han brotado la propiedad privada y el sistema de derechos. No estamos de

acuerdo con Fukuyama —que dedica al TDAH el capítulo

La neurofarmacología y

el control de la conducta

— cuando dice que

la naturaleza humana existe, es un concepto válido y ha aportado una continuidad

estable a nuestra experiencia como especie. Es, junto con la religión, lo que define

nuestros valores más básicos. La naturaleza humana determina y limita los posibles

modelos de regímenes políticos, de manera que una tecnología lo bastante poderosa

para transformar aquello que somos tendrá, posiblemente, consecuencias nocivas para

la democracia liberal y para la naturaleza de la nueva política (Fukuyama 2002: 23).

La concepción del ser humano como contingencia más que como esencia, y el

cambio de foco del "ser humano" como abstracción filosófica al sujeto como

"campo de batalla" están relacionados con el cambio de paradigma contemporáneo,

que obliga a la reestructuración de las estrategias occidentales. La biologización de

las identidades es una de esas estrategias para el mantenimiento de la hegemonía en

un momento en el que no sólo se deshacen las dimensiones espaciotemporales, sino

las fronteras entre lo privado y lo público, lo individual y lo colectivo.

A partir de la lectura biopolítica que proponemos, debemos interpretar que cualquier

intervención terapéutica parte —por el mero hecho de pretenderse terapéutica—

del consenso científico y debe contribuir a los mismos objetivos que pretende

el resto del tratamiento. Efectivamente, a pesar de diferir en la comprensión del

trastorno, su etiología y tratamiento, nuestra intervención artístico-terapéutica fue

Rubén Vega Balbás Bioidentidad y medicalización: una lectura biopolítica del Tdah

Arteterapia

- Papeles de arteterapia y educación artística para la inclusión social Vol. 2 (2007):

51-61

61

dirigida a un "colectivo hiperactivo" aceptando de forma más inconsciente que

consciente la dimensión identitaria que esto implicaba. Si por el contrario no se

acepta el consenso científico, la práctica no debe aspirar a constituir un modo alternativo

de terapia, sino a la resistencia como práctica legítima. Incluso, en la intervención

artístico-educativa con colectivos afectados y/o señalados socialmente por

dolencias más graves, podemos encontrar un espacio en el que los participantes

tomen parte no como enfermos. En el caso concreto del TDAH, no se trata de negar

la problemática, sino de darle otro estatuto alejado del orden médico; se trata de

intervenir no para alcanzar la salud, sino para defenderla como estado preexistente,

de potenciar la comprensión del trastorno (léase de la enfermedad) como un estado

y no como una condición identitaria de orden biológico.

Con este sentido, el ejercicio de la creación artística se convierte en una práctica de

resistencia política que en el caso de las artes escénicas tiene como nodo gordiano,

precisamente, la resignificación pública del cuerpo.

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